10 nov 2008

El huracán Emily en mis ojos

(En el post anterior dije que iba a contar mis recuerdos del huracán Wilma. Tuve un error, quería hablar del huracán Emily… Mi estimado y fino compañero y amigo Pancho me sacó de la duda y del error. Gracias Pancho!)

Salimos de la ciudad en la mañana temprano y estuvimos todo el día manejando hasta llegar a Villahermosa, una ciudad que me pareció muy desordenada y más cuando vi años después cómo las calles por las que habíamos pasado esa vez estaban inundadas por el “diluvio universal” que azotó a Tabasco. En el camino pasamos por Campeche, exactamente por Champotón, un buen lugar para comer pescado, y Ciudad del Carmen, más desordenada que Villahermosa y de aspecto muy peligroso. Era entonces la primera vez que pasaba por Ciudad del Carmen, un lugar repleto de gente de otros estados y cuyo polo principal es Pemex y su actividad petrolera que tanto dinero atrae y genera (más lo genera que lo atrae…mucha fuga).

Pernoctamos en Villahermosa, en un hotel normal con aire acondicionado y televisión por cable. Tenía dos camas sobre bases de piedra y loseta, pero se dormía bastante bien. Después de un día de carretera (parando en varios lugares), podríamos dormir hasta en una farola.

Después de una noche que supo a gloria salimos temprano de Villahermosa en dirección Puebla a la cual llegamos más rápido de lo que imaginé. Tanto que nos dio tiempo a dar un paseo por la ciudad, conocer las miles de iglesias (de diferentes colores) que tiene y descubrir un centro histórico increíble, rodeado de historia, cultura y buena comida.

Hasta Puebla seguía siendo el mismo tipo que no se enteraba ni de la mitad de lo que estaba viendo, la verdad. Para qué nos vamos a engañar. Tenía la sonrisa pegada a la cara por default pero lo que más me interesaba era Cecy, ni playa, ni carretera, ni nada de nada. Es más, creo que me sentía más machote manejando sin parar a pesar de que ya se me cocían los webs de tanto estar sentado (encima en un coche automático, o sea, sin mover las piernas como en el estándar para que tomara aire mi hombría).

Esa misma tarde llegamos a Cholula, sede de la UDLA, una de las universidades más impactantes que he visto en mi vida, que nada tiene que envidiar a muchas universidades del mundo. Si volviera a estudiar me gustaría hacerlo allí, un paraíso universitario en mitad de México, con una vegetación que nada tiene que envidiar a las de universidades británicas donde las ardillas –supongo que británicas también- comían de tu mano mientras estudiabas (no era así exactamente, pero casi). Digo lo de que supongo que eran británicas porque anteayer vi la peli Virus y trata de un mono que lo trajeron clandestinamente de Zaire a Estados Unidos y arma un pitote de escándalo. Las ardillas de la universidad en la que estuve en Reino Unido eran españolas fijo, gorditas, lentas y medio calvas…pero bueno, me estoy desviando…

En Cholula probé los mejores tamales del mundo, en un bocadillo (torta en México) eso sí, picaban como su … por las toneladas de chile que le metían. Un par de bocadillos de tamal para desayunar, un par de champurrados (como chocolate caliente) y un litro de lagrimillas del escozor que me daba en la garganta después de tanto chile y listo, pal cuarto del hotel, a visitar por las últimas cuatro veces el baño (en sólo 15 minutos) y pa’lante, a la carretera dirección a Tlaxcala y de ahí al Distrito Federal.

En la tarde noche llegamos a Tlaxcala, la ciudad más bonita que he visto de México después de Mérida y Puebla. Lleno de luces, amplias calles empedradas e incluso una feria del libro que por suerte nos tocó encontrar, Tlaxcala es un paraíso. Lo aconsejo. Allí, en Tlaxcala, Cecy y yo nos encontramos (no por casualidad, claro) a Landy, la mamá de Cecy, mi suegrita del alma y su hermana que venía de Oaxaca.

Allí, esa noche, compartimos un cuarto de hotel con dos camas dobles.
Todos estábamos viendo la televisión cuando las noticias de que el huracán Emily iban a azontar el sureste de México eran más catastróficas. Palabras como “fuerza brutal”, “inminente destrozo” o “alertas activadas”. Yo lo creí todo y me asusté. Al fin y al cabo era la primera vez que me encontraba en esta situación y no sabía ni reaccionar.

Decidimos regresar en la mañana y abortar nuestro viaje al Distrito Federal.

Llevamos a la hermana de Landy a Puebla para que agarrara un bus hasta Oaxaca y nosotros regresamos en coche (un día completo) hasta llegar a casa. Había mucho que hacer, preparar despensas, ayudar a gente, comprar cosas, resguardar la casa, la comida, los negocios ante la fuerza de un huracán que por momentos, eso me decían, parecía similar a Isidoro, un ciclón que asoló esta parte del país.

Yo estaba ante un momento de impresión. Viviría mi primer huracán. A miles de kilómetros de mi casa, con los antecedentes brutales de Isidoro o Gilberto contados por mis compañeros, amigos y familiares políticos, pero con la incertidumbre de decir “¿cómo vendría este ciclón que tanto están alertando?” .

Llegamos en la noche. A la mañana siguiente, lo más impactante de todo eran las horas. Pasaban las horas, sabías que venía un superciclón y sólo quedaba esperar que se desviara. En la ciudad, la gente compraba como si se tratase de un día cualquiera. Hablaban, se reían, se emborrachaban, porque los pronósticos decían que el huracán pasaría de madrugada. En la tarde noche, la ciudad estaba solitaria. No se oía nada…Izamal estaba vacía…

(continuará)
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En la foto puedes ver cómo se esperaba que el huracán pasara inminentemente por la zona.